sábado, 22 de enero de 2011

Rebelion en Tunez

SORPRESA TUNECINA

Túnez ha sido siempre el país tranquilo del Magreb. Se podía esperar un estallido social en Egipto, Marruecos o Argelia. Pero no cabía en Túnez. Casi un millón de turistas pasa cada año por este pequeño país mediterráneo, de sólo diez millones de habitantes. El país ha transmitido siempre la imagen de tranquilidad, aunque viviera bajo una férrea dictadura. A pesar de algunos atentados aislados en zonas turísticas (como la isla de Djerba), Túnez no es un país potencialmente peligroso por el terrorismo islámico y rara vez aparecía en las portadas de los medios de comunicación. Mientras los atentados integristas se multiplicaban en Egipto, Libia acaparaba portadas por el apoyo de su extravagante dictador al terrorismo internacional, Argelia vivía sumida en una larga guerra civil larvada contra el integrismo y Marruecos sufría atentados o oprimía a los saharauis, Túnez permanecía impasible, como si núnca sucediera nada. Pero esta tranquilidad escondía el descontento de la población con una larga dictadura camuflada tras una democracia que reelegía indefinidamente al mismo presidente.
El que esto escribe, tuvo la oportunidad de visitar Túnez hace diez años. La capital mostraba una imagen de tranquilidad cercana a una capital de provincias. Se preparaban para alojar los Juegos Olímpicos del Mediterráneo y todo eran obras. Se respiraba esa imagen de falsa tranquilidad y orden que transmiten muchas dictaduras a primera vista. El esfuerzo en educación había sido considerable, a juzgar por los numerosos colegiós que jalonaban todo el país, incluso en medio del desierto. Sin embargo, la pobreza era palpable en el ámbito rural, y especialmente al sur del país. Los niños que vivían en los pueblos cercanos a los grandes oasis, escalaban las palmeras por una mísera moneda o un boligrafo. Las casas de adobe no escondían la miseria de las zonas desérticas. Y, sobre todo, nadie hablaba de política.

En sus más de cincuenta años de historia, la República Tunecina solo ha tenido dos presidentes. Esta es la historia de un "héroe nacional" y su "protegido arribista". Cuando Túnez alcanzó la independencia de Francia, en 1957, conservó su tradicional monarquía (cuyo monarca se denominaba Bey). Sin embargo, los años de organizacion y resistencia contra el colonialismo francés habían manchado la imagen de la monarquía. El movimiento Neo-Destour ("Nueva Constitución") se había convertido en la columna vertebral de la resistencia frente a los franceses. Su líder, Habib Burguiba, gozaba de una enorme popularidad y estaba llamado a dirigir el país, frente a una monarquía identificada con el protectorado francés. El ultimo bey de Túnez (Mohamed VIII) apenas duró un año en el poder y Burguiba se convirtió en presidente de la nueva república. Gobernó el país durante más de treinta años, al frente de un partido único denominado Partido Socialista Destouriano. Primero con una política de corte socialista y luego liberal, Túnez creció considerablemente durante décadas y se ganó la fama de país estable y próspero. Sin embargo, la crisis de los años setenta puso a Burguiba contra las cuerdas. A pesar de su enorme prestigio como luchador anticolonial, no dejaba de dirigir una dictadura. La crisis generó numerosas protestas en todo el país. Como siempre sucede en estos casos, los mismos políticos criados y cobijados por el régimen acaban con el padre y protector. El nuevo protagonista se llamaba Zine El Abidine Ben Alí, conocido por todos como Ben Alí. Fue el hombre de confianza de Burguiba, su mano derecha y ministro del interior. Pero cuando el veterano dirigente comenzó a tener problemas, le arrinconó. En 1987, Ben Alí echó del poder al mítico Burguiba, acusándole de demencia senil. El delfín se quedó con todos los poderes de su maestro y fundó un nuevo partido único (Unión Constitucional Democrática). A pesar del nombre de la nueva formación política, la democracia seguía sin aparecer por ningún lado. En 1994,el presidente Ben Alí fue reelegido para su cargo en un plebiscito ¡con el 99,95 % de los votos! Para las grandes potencias, como Estados Unidos o Francia, el estado tunecino (igual que el marroquí) era un muro para frenar el islamismo, por tanto la democracia no era prioritaria ni entraba en la agenda de las grandes potencias. Ben Alí fue mimado por Washington y el Fondo Monetario Internacional. Pero el presidente no gozaba de la popularidad de Burguiba, que era un héroe nacional. La población sólo veía en Ben Alí un trepador hábil que había aprovechado su posición para encaramarse en el poder. En 1999, ante las presiones populares, Ben Alí decidió convocar elecciones pluralistas, en la que se presentaran otros candidatos además de él (lo del plebiscito ya no colaba y había que disimular). Se presentaron tres candidatos y Ben Alí ganó las elecciones con el 99,92 % de los votos (un enorme desgaste popular de tres décimas). En el año 2002, Ben Alí reformó la constitución tunecina para mantenerse indefinidamente en el poder. La aparente tranquilidad de un país lleno de turistas, convivía con constantes denuncias de organismos como Amnistía Internacional. En Túnez, los militantes de partidos opositores (ya fueran islamistas o comunistas) fueron perseguidos, torturados, encarcelados y desterrados. Pero al igual que sucedió con Burguiba, la rebelión ha llegado con la crisis. El año 2010 fue un desastre para Túnez. El paro juvenil se disparó, en un país demográficamente muy joven. Los precios se elevaron notablemente, incluídos los alimentos. Mientras la crisis se cebaba con los más débiles, los familiares y amigos de Ben Alí acumulaban toda la riqueza del estado en unas pocas manos. El 17 de diciembre de 2010, un joven licenciado en paro de 26 años, llamado Mohamed, se suicidó frente al parlamente tunecino. Este joven había sido agredido por la policia por vender fruta en la calle sin los permisos pertinentes, permisos que en una dictadura corrupta solo se consiguen con dinero. Este suceso conmocionó a una sociedad escandalizada por la corrupción. Las primeras manifestaciones no se hicieron esperar. El régimen de Ben Alí respondío con violencia y represión, pero las constantes manifestaciones pusieron fin a 23 años de miedo. Ben Alí acabó abandonando el país, llevándose todo lo que consideró conveniente. El odio al dictador está tan extendido, que la población se sigue manifestando para que desaparezca el partido gubernamental y la administración sea depurada. Para sorpresa de muchos, el pequeño Túnez ha sido el primero en contestar a la crisis con una auténtica rebelión popular. Muchos ya ven en Túnez un símbolo contra el sistema económico que está acabando con los derechos sociales de medio mundo. Además, los analistas políticos del mundo árabe comprueban sorprendidos que, por primera vez, un país árabe exporta democracia y no terrorismo. Mientras esto sucede, desde Washington se observa con temor este movimiento, que se puede extender a otros países y dañar esas dictaduras que tanto y tan bien han colaborado con Estados Unidos durante décadas.

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