viernes, 18 de marzo de 2011


Una imagen.
JAPÓN: ENTRE EL DESASTRE Y LA CONTRADICCIÓN.
Una joven japonesa llora entre las ruinas de su barrio, en la ciudad de Natori. Esta ciudad fue una de las más afectadas por el tsunami que siguió al terremoto del pasado 11 de marzo de 2011. A su alrededor sólo hay escombros y ese frágil equilibrio de los edificios semiderruidos que sobreviven a la catástrofe. Esta imagen llena de dolor a dado la vuelta al mundo. Y ha sorprendido especialmente porque no se trata de países como Haití, Filipinas o Indonesia, países pobres dónde este dolor se acepta casi como "normal".
En torno a las dos de la tarde, un terremoto de magnitud 9 en la escala de Richter y con epicentro en las profundidades del pacífico, hizo temblar la tercera potencia económica mundial, y en especial su costa Este. Fue seguido de un fuerte Tsunami que se abatió sobre la costa noroeste del país, arrasando ciudades enteras. El terremoto cortó el flujo de energía eléctrica y paralizó la actividad de diez centrales nucleares, afectando especialmente a la de Fukushima, que posee seis reactores. Tres reactores de la central acabaron entrando en fusión, generando el peor accidente nuclear de la historia desde Chernobyl. A día de hoy se contabilizan cerca de 7000 muertos y más de 10.000 desaparecidos.
Las imágenes llegadas en los últimos días desde Japón han abierto una profunda reflexión en las sociedades occidentales sobre nuestra seguridad en caso de tragedia. Japón es la tercera potencia económica mundial, detrás de Estados Unidos y China. Un país que posee el índice de investigacion y desarrollo tecnológico más alto del mundo, se ha visto rebasado por unos acontecimientos naturales que tampoco eran inusuales en el país. Japón es uno de los países del mundo con mayor actividad sísmica. El archipiélago está situado sobre la zona donde la corteza oceánica del Pacífico se hunde bajo la corteza continental asiática (falla de subducción). Para los japoneses, un terremoto o un tsunami (palabra japonesa), forman parte de su vida diaria, pero no esperaban la dureza de este último. El gran dragón económico de Oriente, que fue capaz de crecer desde las cenizas de su derrota en la Segunda Guerra Mundial, es también una nación de contradicciones. Uno de los países más desarrollados del planeta posee una de las tasas de suicidio más altas, debido a la enorme competitividad de la sociedad y el miedo al fracaso. El país que sufrió las dos primeras y únicas explosiones por bombas nucleares (Hiroshima y Nagasaki en 1945) tiene un miedo reverencial a todo lo que suene a nuclear. Cada 6 de agosto, el país se paraliza para conmemorar la matanza nuclear en estas ciudades. Sin embargo, el país posee más de 80 centrales nucleares, siendo uno de los primeros del mundo en este sentido, debido a su fuerte dependencia energética (no posee carbón ni petróleo). También existe una enorme contradicción entre el altísimo nivel tecnológico de un país que está a la cabeza de la robótica y la pésima respuesta del gobierno ante la catástrofe. Cualquiera podría hacerse miles de preguntas respecto a Japón. En un lugar con tal actividad sísmica ¿No pensaban que esto podría suceder alguna vez? ¿No se alertó hace cinco años en un informe sobre la falta de seguridad de algunas centrales en caso de terremoto? Es cierto que una central nuclear necesita ingentes cantidades de agua para refrigerar el núcleo de los reactores, pero colocarlas junto a la costa ¿no las hace muy sensibles a un tsunami? Son los propios japoneses, superada esta gran tragedia, los que tendrán que reflexionar y buscar respuesta a todas estas preguntas. Será algo difícil en un país donde el dinero, las grandes empresas y el mundo de los negocios, dominan la columna vertebral del país, desde la escuela a la política. Al resto del mundo le queda preguntarse si la energía nuclear es tan segura como nos dicen todos los días.
Imagen: Una joven llora entre las ruinas de Natori (AGENCIA REUTERS)

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